Si salto, ¿aparecerá la supuesta red?
Lecciones de sabinas, berenjenas y comunidad.
Ibiza, julio 2025. Cuarta semana en la Asociación de Permacultura de las Islas Pitiusas. Nos toca irnos ya, pero estamos seguros de que volveremos, porque aquí hemos aprendido más que en ningún sitio hasta ahora y porque nos ha inspirado conocer a tanta gente a la que la apasiona la regeneración y la soberanía alimentaria tanto como a nosotros. Gracias, chicos 💜
Albert, una de las personas al frente de la asociación, planta sabinas.
La sabina es una especie nativa de la isla, un árbol majestuoso, de crecimiento muy lento y con el que antiguamente se hacían las vigas de las casas. En Ibiza, era tradición que el abuelo plantara y cuidara de la sabina que el nieto usaría para construir su hogar. Y el nieto, a su vez, se encargaría de plantar y cuidar de sus sabinas para que dos generaciones más adelante dieran una madera fuerte y sin nudos.
Aquí y allá, paseando entre las líneas agroforestales, ves sabinitas debajo de ricinos de hojas estrelladas, entre vigorosas leucaenas y melias que les van a la zaga (especies exóticas, provenientes de diferentes rincones del mundo, pero con ciertas características esenciales: son muy resistentes, crecen rápido y aportan mucha materia orgánica para acelerar la sucesión natural).
Las sabinas formarán parte del bosque clímax dentro de veinte a cincuenta años. Mucho antes de eso, los ricinos, las leucaenas y las melias habrán desaparecido para dejar paso al bosque de alimentos del futuro: algarrobos, albaricoques, limoneros, naranjos, nísperos, olivos…
¿Desaparecido? Bueno, no exactamente. No quedará nada de esas especies pioneras en la superficie, pero la materia orgánica, las hojas y la madera que una y otra vez Albert y su equipo habrán podado estarán debajo de la tierra, formando un suelo fértil y esponjoso. Debajo de cada línea agroforestal hay bosques enteros enterrados.
El equipo pasamos entre las líneas agroforestales armados con tijeras de podar y serruchos para dejarlo todo pelado. El ricino como un tocón, la leucaena con una copa que parece un sombrero. Da miedo vernos. El resultado: árboles reducidos a un tronco, con suerte con algunas ramas. Lo que hemos cortado lo empaquetamos en dos hileras a un lado y a otro de la línea de plantación: un bufet para los microorganismos del suelo.
Lo que hacemos imita el proceso de los bosques naturales, pero acelerado con inteligencia. En lugar de esperarnos a que las especies de soporte echen las hojas, se las cortamos. En lugar de dejar que florezcan, quitamos flores y semillas para detener el envejecimiento y que sigan creciendo.
Albert y sus socios partían de un terreno árido, seco, pedregoso. El mismo terreno que vemos por todas partes en la isla: tierra yerma, almendros que ya no dan fruto, campos labrados invadidos de cardos secos, algún algarrobo solitario.
Cuando llegas a la finca, pasas de ver ese paisaje marrón, rojo, amarillo, gris, otra vez marrón… a ver verdes de todas las tonalidades y a diferentes alturas. Especies temidas como el eucalipto o la acacia junto con algarrobos contentos de tener al fin compañía.
Y por debajo del verde frondoso, todo lo que no podemos ver y que es donde ocurre la magia, la interacción de las raíces, las bacterias y los hongos. Un mundo complejísimo del que solo sabemos que no sabemos casi nada.
Albert no deja de llevarse sorpresas. Un año plantó huerto entre dos líneas agroforestales separadas por cuatro metros. Al año siguiente, ese huerto no continuó, pero surgieron unas berenjenas espontáneas. No se les dio riego ni soporte, y sin embargo aguantaron el tórrido verano y dieron buenos frutos, algo que la agricultura convencional considera imposible.
Pero la agricultura convencional no tiene en cuenta lo invisible. El bosque bajo tierra, la asociación de raíces con la red fúngica del suelo, que extiende el alcance de todo el sistema. Las líneas agroforestales de un lado y del otro estaban proveyendo de nutrientes y agua a las berenjenas del medio, cuidando de ellas, porque son parte de un ecosistema mayor.

También es invisible, e igualmente poderosa, la red que nos une con otras personas que comparten una misma visión.
En Ibiza nos hemos encontrado una de las Redes de Apoyo Mutuo más emocionantes e inspiradoras que hemos conocido. Empezar un proyecto regenerativo allí te garantiza el apoyo de decenas de vecinos de todas partes de la isla.
El primer encuentro de la RAM al que asistimos fue en la finca de Joan y Enya. Joan y Enya son una pareja que lleva apenas un par de años en su finca, y hacía solo tres meses que habían empezado con su propio sistema agroforestal. A finales de junio convocaron una jornada de voluntariado a la que acudimos unas treinta personas. Amigos, conocidos, amigos de amigos y gente como nosotros, nuevas caras pero con las mismas inquietudes.
El calor apretaba, así que nos turnábamos para preparar esquejes de boldo y gigantón a la sombra del olivo, mientras otros llevaban carretillas o colocaban planteles en el suelo. Hacíamos cola para que Carmen nos refrescara con la manguera, y para coger una porción de sandía fresquita, que Joshua había traído en la nevera de su furgo.
A las dos de la tarde ya no podíamos más, pero logramos hacer en una mañana lo que a una pareja le habría llevado más de dos semanas de trabajo extenuante terminar.
Después del trabajo vino la fiesta. Comimos tabulé, cherries de la huerta, crema de calabacín, ensalada de col lombarda… Bebimos vino sin etiqueta, local, bueno y barato, y cerveza no tan local pero también barata. Un valenciano, cómo no, trajo cazalla (un licor absurdamente fuerte que solo los "de la terreta" aprecian).
La siguiente convocatoria de la RAM sintrópica fue en casa de Natasha.
Mismo baile, pero diferentes canciones. Esta vez nos armamos con hoz y tijeras para manejar los sistemas agroforestales que se plantaron en marzo y que eran ya una jungla.
Albert fue implacable. "La papaya es un estrato emergente. Si no le damos luz ahora, habrá perdido su oportunidad". Se ensañó con las especies de soporte que rodeaban a la papaya, dejándolas sin ramas o a medio palmo del suelo… "¡Que alguien le quite esa tijera, por Dios!", bromeábamos.
La poda entusiasta que estaba haciendo Albert, a ojos no entrenados en sintropía, podía parecer brutal, pero todos los presentes confiábamos en él. No por fe ciega, sino porque habíamos visto muchos ejemplos de cómo la naturaleza cobra vigor y da un impulso a la sucesión ecológica cuando sigues sus principios.
Después del manejo, cervezas fresquitas y, ahora sí, paella de verduras. Hubo debate sobre lo que constituye la receta oficial, como siempre que hay valencianos a los que consultar (aunque no hayan hecho una paella en su vida), y una sobremesa que se alargó hasta las cuatro de la mañana.
En su finca, Albert planta sabinas. Pero no para sus nietos, sino para sus hijos.
Nuestros ancestros nos han legado muchos saberes, algunos de ellos olvidados y otros que hemos logrado rescatar. Entre los que estamos rescatando está la consciencia de que la vida abarca mucho más que nosotros mismos. La consciencia de la red invisible que nos une con los que vienen antes y con los que vienen después de nosotros.
Y con nuestros vecinos, la comunidad que nos apoya porque sabe que el bienestar personal y el colectivo están íntimamente ligados. Una red invisible nos une a todos, superando cualquier distancia.
Agradecemos los saberes de nuestros ancestros, y al acervo acumulado añadimos nuestras propias investigaciones y experiencias. Lo que ha descubierto la agricultura sintrópica habría maravillado al abuelo de Albert. Las sabinas plantadas por su nieto alcanzarán su porte más alto no en dos generaciones sino en una. Incluso puede que en menos. Y de regalo, en la misma línea sintrópica, nísperos, albaricoques y uva para que hijos, nietos y nosotros mismos podamos vivir en abundancia, en un bosque bello y productivo.
Todas las iniciativas a favor de la vida están sostenidas por una red invisible. Como la que sostiene a aquellas berenjenas audaces que crecieron sin riego. Como la que impulsa proyectos como el de Joan y Enya, el de Natasha y el del propio Albert.
A todos nos asusta dar el paso a una vida diferente. Nos preguntamos, “Si salto, ¿aparecerá la red?”
Nosotros creemos que sí. Aquí tampoco tenemos fe ciega: hemos visto el ejemplo a nuestro alrededor y en nuestra propia experiencia de que, cuando nos alineamos con la vida, todo el sistema nos sostiene.
Quizá lo difícil sea, momento a momento, prestar atención y discernir si nuestras decisiones están o no en consonancia con la vida. Y estar dispuestos a darnos algún que otro batacazo, porque todos estamos reaprendiendo a ocupar nuestro lugar en este superorganismo que es la Tierra.
¿Has vivido alguna vez un momento en el que tuviste que lanzarte sin saber qué pasaría después? Cuéntanos tu salto. Nos encantará leerte.
Gracias por leernos. Nos vemos en dos semanas!
Marta y Andreu






Qué evolución... La vuestra, Marta y Andréu.
Verdaderamente, no daba un duro por vosotros.
Qué alegría equivocarme.
Me encantó todo lo leído y, cómo no, las fotos del IPhone (seguro) Ojalá llevéis una cámara de las de verdad...
No hay dolor... No hay dolor...
Nada más reconfortante, que unas horas en el campo, entre amigos y sudando triglicéridos en exceso.
Éso es el despertar de la Nueva Era
Espero dos semanas para saber de vosotros.
Hablad de las monedas sociales solidarias (Junas, Ecos, etc) hablad de las redes alternativas al Euro. Sé que sabéis de qué va
Bss 🥰