¿Cuánto vale lo que haces?
Cuando por fin nos pagaron por lo hacer "lo nuestro"
Dos años enteros han hecho falta para que empezáramos a trabajar de lo nuestro. Dos años para, primero, descubrir qué es “lo nuestro”; para reunir valor para empezar a ofrecérselo a los demás; y para, por fin, ganar algo de dinero con ello y poder ponernos las etiquetas oficiales.
Ahora, cuando nos preguntan, podemos decir algo más que “estamos trabajando como voluntarios en proyectos regenerativos”. Ahora Marta dice, “soy terapeuta” y Andreu, “soy cocinero/repostero” (según le da el día). Y sí, también, “somos agroforesteros”. Ibiza ha contribuido a todo ello.
La isla tiene muchas caras. La cara de pupilas dilatadas que ves cuando bajas del ferry y cruzas la avenida de Pachá; la cara bronceada y llena de piercings cubierta tocada con un estiloso sombrero de cáñamo; y la cara de sonrisa reluciente que promete mostrarte que todo es posible, solo tienes que creer. En Ibiza, si lo que quieres es trabajar, vas a encontrar oportunidades de sobra.
Piscina infinita con vistas a la ciudad de Ibiza y al mar. Un chaise-longue tan largo que podría acomodar a una familia con su perro gran danés sin que nadie salga babeado. Una máquina de hacer palomitas y otra de algodón de azúcar tamaño feria, y una marabunta de niños esperando su turno con la paciencia característica de su edad. Mientras tanto, Andreu y Abel, el jefe de cocina, preparan una colorida merienda para el cumpleaños de la niña que se está chupando los dedos cubiertos de telarañas de azúcar. Andreu pela zanahorias y las ensarta en el hummus tricolor y dispone las rebanadas de sandía en forma de flor, sabiendo que probablemente ninguno de los niños se las coma. La buganvilla macerada en limonada lo tinta todo de rosa Hello Kitty. Cuando terminan de servir la mesa, Abel comparte una reflexión sobre lo importante que es honrar la comida y lo afortunados que somos por tener tanta. Al acabar, los invitados se lanzan a devorarla. Horas de trabajo se esfuman en minutos. La cocina es un arte efímero, pero lo satisfactorio es precisamente que se esfume tan rápido.
Mientras Andreu recoge lo que queda de la merienda, en la ciudad vecina, Santa Eulalia, Marta está sentada en posición de loto debajo de un lentisco. No está meditando, está colocando el trípode para que el móvil se alinee con la antena más cercana. En ese pinar apartado hay sombra, corre la brisa del mar y, lo que es más importante, hay buena cobertura. Abre la videollamada. Al otro lado está su cliente. Le da la bienvenida y le invita a respirar juntos y chequear su cuerpo. ¿Qué está presente para ti ahora? Él observa que siente rabia concentrada en la boca del estómago. ¿Cómo sería para ti escuchar a esa rabia ahora? Si hay algún miedo o resistencia, vamos a ir con él y acompañarlo…. Cuando acaba la videollamada, Marta mete todo en la bolsa de la playa y se acerca al mar a meter los pies en el agua. Se siente bien poder acompañar el dolor de otros y ayudarles a transmutarlo. Hay muchas lecciones en lo que nos está mostrando el cuerpo, muchas oportunidades para aprender. El suyo está un poco dolorido de pasar una hora y media en la postura del loto, pero también hay relajación, una apertura en el pecho, después de una sesión tan sanadora.

Otro día, otra aventura. Entramos en la propiedad escondida en el bosque. Hay un cartel de “Cuidado con el perro” colgado de la verja. Patinamos por la cuesta: el camino está pensado para un 4x4, no para los ruedines de nuestra furgo. Marta reúne las herramientas y comprueba que tenemos todo: tijeras de podar, sierra japonesa, guantes un poco agujereados... Cuando llegamos arriba, nos recibe un chucho viejito que deja de ladrar en cuanto nos olisquea la mano. Joan y Enya, los encargados del proyecto, ya están allí. Les seguimos a través del enorme olivar y de los ancianos cítricos, el suelo desnudo lleno de limones. El dueño, un belga afincado en Ibiza, ha oído hablar de la agricultura sintrópica y quiere tener un vergel en una de las parcelas de la finca, un pequeño experimento de jungla entremezclada con huerto. La faena es la de siempre: desherbar, manejar, preparar bancales… Nos pasamos la tarde entera charlando de temas diversos: dietas, ganadería, Nepal, agua con sal, los padres (cómo no), los futuros hijos (en nuestro caso, gatos)… Apretamos hasta que se pone el sol y acabamos la última línea. Contabilizamos cinco horas. Recibimos el dinero en mano, un gesto que hace años que no hacíamos.
En los tres escenarios, nos sentimos tan a gusto que no nos habría importado no cobrar, pero el dinero es muy bien recibido. Nos confirma que alguien valora lo que hacemos y, lo que es más importante, nos permite seguir haciéndolo.
En estos dos años hemos trabajado mucho, pero casi nunca por dinero. El intercambio era otro: una habitación compartida, la comida del huerto, una conversación inspiradora, una habilidad nueva aprendida al final de la jornada. Muchos de los proyectos a los que hemos ido necesitaban voluntarios precisamente porque no podían pagar salarios. El sistema todavía no subvenciona plantar bosques.
Y es que vamos a estos proyectos porque nos atrae su misión. Nadie hace voluntariado poniendo copas en Amnesia o descargando camiones en un almacén de Amazon. Lo que nos atrae a los voluntarios son las causas en las que creemos, aunque (aún) no nos paguen por trabajar en ellas.
Y lo que pasa con eso, claro, es que anhelamos que nos paguen, sobre todo cuando llevas mucho tiempo de voluntario. Y se siente muy bien cuando lo hacen. Estas semanas trabajando de “lo nuestro”, de lo que nos apasiona y nos hace sentir útiles, han sido muy satisfactorias.
También nos han hecho reflexionar. Porque, aunque se sienta muy bien (y llegado cierto punto sea necesario), ganar dinero no es lo más importante.
En nuestra sociedad tendemos a equiparar el dinero con la valía. Si ganas mucho, eres visto como alguien valioso; si es poco o nada, es que no vales. Aunque en nuestra mente consciente tengamos claro que la ecuación no es tan simple, el inconsciente carga con muchos mensajes que nos hacen sentir y actuar de forma diferente. En nosotros había partes que no se sentían valiosas por mucho que estuvieran contribuyendo a proyectos regenerativos. Que creían que lo que hacían no era suficiente. Que reproducían el programa del sacrificio y la autoexigencia.
Pensábamos que nos sentiríamos valiosos cuando empezaran a pagarnos. Pero no. El año pasado trabajamos una jornada con el Comando Agroforestal y después de recibir el dinero no nos sentimos menos impostores que antes. Y es que la confianza en uno mismo tiene que estar primero. Cuando hay confianza, el dinero fluye hacia ella; y si por lo que sea no fluye, no te importa tanto. Pero cuando no hay confianza, no importa cuánto dinero recibas, nunca será suficiente.
El valor de lo que haces no tiene que ver con lo que te pagan por ello. Porque si el valor dependiera del dinero, casi nada de lo escrito aquí, en Permaprendices, y en Substack en general, valdría nada. A los escritores no nos gusta poner barreras de pago a las ideas, porque si lo hiciéramos nuestra audiencia se vería muy mermada, y lo que queremos es que las ideas se compartan y resuenen con las personas indicadas.
Estas semanas, con el dinero en el bolsillo, nos preguntábamos: si el valor no depende del dinero, ¿de qué depende?
Del servicio que prestamos. De si alimentamos, acompañamos, inspiramos, orientamos, cuidamos o regeneramos. De si contribuimos, aunque sea un poco, a mejorar la vida de otras personas o la vida en la Tierra.
El trabajo del voluntario es difícil porque no recibimos lo que la sociedad ha determinado como símbolo de valor: el dinero. Pero a veces tampoco recibimos el reconocimiento de los otros.
En ocasiones las personas que nos rodean no ven el servicio que estamos prestando. Hay padres que no entienden el arte experimental que hacen sus hijos. Hijos que no entienden el esfuerzo y el cariño que hay detrás del cuidado de los padres. Compañeros de trabajo que no saben lo que cuesta hacer funcionar un botón en la página web. Parejas que no ven que el otro pasa tanto tiempo en la cocina para que la familia disfrute y se nutra. Amigos que piensan que hacer voluntariado es estar de vacaciones hippies con la furgo.
Cuanto más cerca de nuestro corazón están esas personas, más nos gustaría que reconocieran lo que hacemos.
Sin embargo, con el tiempo hemos descubierto que sentirse valioso y sentirse valorado son cosas distintas. Sentirse valorado depende de cómo responden los demás. Sentirse valioso es reconocer el sentido de lo que hacemos incluso cuando nadie más lo hace.
Por eso, cuando sentimos que los demás no valoran lo que hacemos, quizá merece la pena preguntarnos: ¿nos estamos valorando nosotros mismos? Porque el dolor de no ser valorado por otros puede esconder el miedo a no tener valor.
El dinero no otorga valor a lo que hacemos. Los demás, tampoco. Lo único que le puede dar valor somos nosotros mismos.
Las tartas que se inventa Andreu para la comunidad son igual de valiosas que la que sirvió en el cumpleaños de Hello Kitty. El cliente que no podía pagar tiene el mismo valor que el que atendió Marta debajo del lentisco. El huerto sintrópico que desherbamos con Joan y Enya es igual de importante que los sistemas que manejamos en la finca del Comando Agroforestal, donde trabajamos cada día por amor a la vida.
A veces se nos olvida. Pensamos que si no nos pagan, no es valioso. O que si nadie lo reconoce, es que no es tan importante.
Pero después de dos años hemos aprendido algo muy esencial: el dinero puede reconocer el valor de lo que hacemos (y ayudarnos a seguir haciéndolo); y el reconocimiento de los demás es hermoso y muy nutritivo, pero quien tiene que valorar el trabajo realmente somos nosotros.
Cocinar, acompañar, regenerar, escribir… todo eso ya era valioso, antes y después de que llegara el primer euro. Y seguirá siéndolo, incluso si nadie más lo ve.
Gracias por leernos.
Un abrazo,
Andreu y Marta






Gracias por este escrito 😊
💛💛💛
Me ha encantado leeros chicos!!! Gracias gracias gracias por compartir vuestras andaduras!!! Ibiza…….😏🥰😘