Los pilares del templo
Diez años juntos nos enseñan a sostenernos por nosotros mismos
El año pasado cumplimos diez años juntos. Una década entera, mare meua.
Cuando pasas tanto tiempo con una persona —y además convives muchas horas—, la línea entre tú y ella empieza a difuminarse. Tus amigos son sus amigos, compartís hobbies y escapadas, las comidas familiares se duplican, y hasta los Reyes Magos etiquetan los regalos a nombre de los dos.
Y esto, claro está, tiene un peligro. El peligro de fundirse tanto en la relación que ya no sepas quién eres tú. El peligro de dejarse llevar por lo que quiere la otra persona o de imponer tu visión del futuro porque la otra persona ni siquiera se plantea lo que va a hacer mañana.
Los diez años han contribuido a esa peligrosa fusión, pero sobre todo los últimos dos y medio. Porque antes éramos una pareja más o menos normal viviendo una vida ordinaria en una ciudad de mediano tamaño cada vez más cosmopolita (y cara). Antes Andreu iba a la oficina en el centro y se pegaba sus buenos almuerzos con los compañeros de curro, mientras Marta teletrabajaba, iba al mercado con su tote bag y tomaba matchas con sus amigas. Ella iba a bailar y él a escalada. Él se entretenía en casa y ella se daba paseos por el río.
Después, cuando decidimos dejar aquello para explorar otras formas de vivir, nos metimos en una furgo minúscula y empezamos a saltar de proyecto en proyecto. Un mes en cada uno. Mucha gente nueva. Las dichas y los rigores del voluntariado. Pero la intimidad, la profundidad emocional, las frustraciones y los sueños eran solo para los oídos del otro. No había tiempo para crear vínculos ni para desplegar nuestra individualidad. Solo estaba nuestro proyecto común, Permaprendices. Éramos, como en el grupo de WhatsApp que tenemos con el padre de Marta, Martandreu.
Con la llegada del otoño hemos pausado el viaje. El frío es la razón superficial, que oculta una necesidad más honda: ir hacia dentro y contemplar (como comentábamos en una newsletter anterior). Preguntarnos qué queremos hacer, a dónde queremos ir… pero sobre todo quiénes somos. No como Permaprendices, sino como Andreu y Marta por separado.
“Eres mi pilar”, nos hemos dicho en diferentes ocasiones.
Es una frase romántica, que nos hace sentir valiosos, pero que esconde una trampa. Dejar caer el peso de tu vida —de tus decisiones, de tus creencias, de tus sueños, de tus derrotas— en el otro es un error. Pues aunque la otra persona pueda ayudarnos a llevar nuestras cargas, su ayuda debería ser como la de quien se ofrece a cargar las bolsas de la compra escaleras arriba cuando estamos agotados. Un trecho del camino, vale, pero no todo. Y cuando ella flaquee, también nosotros le ayudaremos, durante un piso o dos, a subir las suyas.
Eso es lo que significa ser tu propio pilar. Un pilar que a veces se tambalea, es cierto —si no, no seríamos humanos—, pero que ha sido tallado de una sola pieza: estriada o lisa, con o sin volutas, en uno de aquellos órdenes arquitectónicos que aprendimos en la escuela y que olvidamos rápidamente. Como tantas otras cosas.
Pero no olvidamos la necesidad de los pilares para sostener aquello que queremos construir.
En estos dos años y medio de vida atípica y seminómada hemos hecho varios intentos de crear proyectos en común. Empezamos con el canal de Youtube, pero no supimos cómo soltar nuestras exigencias y simplemente pasarlo bien. Pensamos en un podcast, pero no llegó a cuajar. Y, mientras tanto, en el horizonte lejano, veíamos el arcoíris de ese proyecto de comunidad sintrópica del que queríamos formar parte, pero cada vez que avanzábamos hacia él, se alejaba un poco más.
Y es que estos proyectos compartidos son edificios que requieren algo muy importante: pilares.
Pilares rectos, sólidos e individuales. Nada de una amalgama amorfa y torcida, hecha a partir de trozos de cada uno. Dos buenos pilares que se tengan en pie por sí mismos. Construir juntos implica ser estables por separado. Poder sostenernos individualmente, plantados sobre tierra firme, alzando con fuerza el frontispicio del templo.
Kahlil Gibran escribe así sobre el matrimonio en El profeta:
Que haya espacios en su unión,
y que los vientos del cielo bailen entre ustedes.
Ámense, pero no se aten.
Permanezcan juntos, pero no demasiado cerca:
porque los pilares del templo están separados.
Y el roble y el ciprés no crecen a la sombra del otro.
Estos meses hemos estado fortaleciendo nuestros pilares.
El pilar que es Marta se define, al menos por ahora, por necesitar un buen bailoteo con música de swing de vez en cuando (también le valen el drum&bass y el psytrance). Por disfrutar de largos paseos en solitario admirando las fachadas de su antiguo barrio. Por sobrecogerse ante una metáfora precisa e inesperada. Por entusiasmarse cuando se encuentra con un gato, aunque el gato la ignore descaradamente. Por su curiosidad infinita por lo que hay dentro de ella cuando cierra los ojos, y por su pasión por acompañar a otros a descubrir sus propios mundos internos. Por vivir para contar una bella historia.
Andreu está descubriendo que le hace feliz cocinar para los demás. Puede pasarse horas en la cocina inventando recetas macrobióticas y persiguiendo a cualquiera que pase para que pruebe su última variación: «este tiene cinco gramos más de compota de pera... ¿Qué te parece ahora?». Dice que quiere desmoldar conceptos demasiado rígidos. Combina panes y bizcochos (los llama pancochos) y hace pizzas de masa de arroz glutinoso con salsa de calabaza en vez de tomate. Además de improvisar en la cocina, disfruta improvisando con la música y puede pinchar horas y horas seguidas si el público le sigue el ritmo. También ha descubierto que quiere crear un negocio que ofrezca productos útiles, como conservas, fermentados, cremas, geles o preparados a base de plantas medicinales. Exactamente qué, no lo sabe, pero sabe que no será convencional.
Los pilares que somos cada uno por separado están empezando a definirse. Hemos soltado, al menos por ahora, la urgencia de sostener un edificio sobre nuestras cabezas. Antes de eso necesitamos sentirnos sólidos individualmente. Crear(nos) por separado para poder crear en pareja, y más adelante en comunidad.
Los pilares anhelan ser más que pilares. Quieren ser la estructura que sostiene el pórtico, y el pórtico en parte de ese algo más grande que es el templo. Pero no nos apresuremos. Ninguna catedral que ha sobrevivido hasta nuestros días se erigió sobre pilares endebles. Atendamos a los pilares, que es sobre lo que se levantan los edificios más hermosos.
Gracias por leernos,
Andreu y Marta




Hola, chicas. Un gusto leeros, como siempre. Desde hace un tiempo, estoy puliendo un pilar, desde el respeto y la curiosidad. Y la verdad es que es un trabajo que merece muy mucho la pena. Aún está por ver cuál será vuestro templo, más la verdad es que me encantaría estar cerquita para poder aprender... Y disfrutar. Un abrazo grande.
Un placer enorme saber de vosotros chicos. Gracias por compartir con tanta apertura y cercanía♥️