Regalar sin comprar nada
Crónica de un intento de escapar del consumismo navideño.
Desde la última ola de calor, a eso de principios de septiembre, ya estamos pensando en los regalos de Navidad. Bueno, ya lo está pensando Marta, que en esta familia de dos es quien puede decirte, sin mirar el calendario, qué días tenemos libres desde hoy hasta mitad del 2026.
Y es que los regalos de Navidad son un quebradero de cabeza. En tiempos de nuestros abuelos, unas sábanas bordadas eran tan apreciadas como un buen puchero. Hoy en día, en cambio, no sabemos qué hacer con ese quinto juego de toallas, con esa chaqueta que por la ley de sucesión ecológica tiene que desplazar a la que nos compraron el año pasado (aún perfecta) o ese perfume sofisticado que no nos pondremos más que para ir de boda y que, entre tanto, irá marchitándose en el armario junto con los otros siete.
Pero lo peor no es qué hacer con lo que nos regalan. Lo peor es pensar qué regalar.
Si ya lo tenemos todo y a golpe de clic cubrimos cualquier necesidad, ¿qué podemos ofrecernos los unos a los otros?
Detalles, diréis. Cosas que demuestran afecto aunque no nos hagan falta. Una smartbox para visitar alguna aldea de Castilla la Mancha en los próximos seis meses. Unos calcetines graciosos, ahora que están de moda. Un libro que nunca sabremos si les gustó porque no tienen tiempo para leerlo. Una chaqueta, sí, que nunca están de más y hace un frío del carajo.

Pero nos da rabia gastar por gastar, la verdad. ¿Por qué el importe del regalo tiene que ser proporcional a cuánto nos importa la otra persona? ¿Por qué el regalo que vale una pasta pero acaba cogiendo polvo en un rincón es mejor que una mermelada casera que ni va a tener tiempo de enfriarse en la nevera?
Así que este año vamos a hacer un experimento. En vez de los chocolates gourmet, las sesiones de astrología, los masajes, los potingues varios y los conciertos… hemos decidido que vamos a montar un plan personalizado para cada persona.
Porque, al final, lo que recordamos no son los calcetines ni las chaquetas, sino las experiencias que compartimos: la salida a la montaña que casi acabó accidentada, el robo disimulado de unos esquejes en el jardín botánico o aquella clase de cerámica que odiamos juntos.
Resuelto el tema de qué vamos a regalar, nos hemos planteado qué queremos que nos regalen. Porque da igual que estés más cerca de los cuarenta que de los treinta, todavía tus padres van a preguntarte qué quieres que te traigan los Reyes Magos.
En nuestra carta a los Reyes, pensábamos pedir unas tijeras de doble mano, una motosierra o un dron para fotografiar el antes y el después de nuestras podas extremas. Pero ninguna opción terminaba de convencernos. No por los objetos en sí, que nos encantaría tenerlos, sino porque si nos hicieran tanta ilusión nos los compraríamos nosotros.
Y es que, en realidad, tenemos todo lo que necesitamos. Hemos aprendido a vivir con poco, cuando estamos fuera trabajando de voluntarios nos adaptamos a lo que hay y cuando llega el invierno tenemos la suerte de poder descansar en una casa de la familia. ¿Qué más podríamos pedirles a los Reyes Magos de Oriente?
Pues se nos ha ocurrido una cosa.
¿Y si este año pedimos que al menos uno de los regalos sea una donación?
Una donación a alguna causa en la que creemos, un crowdfunding o un proyecto que nos haya tocado el corazón. Este año vamos a pedir que una parte de nuestros regalos vaya al Comando Agroforestal y su primera escuela de agricultura sintrópica mediterránea y a Rooted, un fondo que apoya proyectos regenerativos conectados con la sabiduría indígena.
No compartimos esto para aparentar que somos altruistas y súper guays; de hecho, como todo el mundo, preferimos que nos sigan dando money por Navidad, preferiblemente en metálico. Ese money va para algún capricho y para ahorrar para futuros proyectos.
Lo compartimos porque somos conscientes de que tenemos un gran privilegio. Poder pedir que nos regalen algo de lo que no nos beneficiamos directamente implica que tenemos más de lo que necesitamos, y eso no puede decirlo todo el mundo. Para nosotros, la clave no es tener mucho, sino necesitar poco. Este estilo de vida implica algunas renuncias, sí, pero nos deja tiempo para lo que más nos importa. Este otoño lo hemos dedicado al trabajo interior, como os contábamos en otra newsletter, y también a nuevos proyectos creativos en solitario, de los que esperamos contaros algo en algunos meses.
Y compartimos estas ideas también porque nos gusta imaginar un mundo donde no nos pongamos a calcular cuánto toca gastar en Navidad, donde un vale por una cena casera haga tanta ilusión como una degustación en el mejor restaurante, y donde agradezcamos que alguien done en nuestro nombre, sabiendo que ese dinero lo van a aprovechar esos proyectos mucho más que nosotros.
Así que, si estás buscando ideas para regalar estas Navidades, te animamos a que montes un plan chulo para pasar tiempo con esas personas. Y si no sabes qué pedir, quizá haya algún proyecto que te gustaría ver crecer. O, si no, pide dinero (eso nunca falla) y ya donarás tú si te apetece!
Gracias por leernos, y buena suerte con la búsqueda de los regalos!
Andreu y Marta


