Sobre egocentrismo y solidaridad | DANA 2024
Volvemos a Valencia de visita y nos pilla la riada
Valencia, noche del 29 de octubre 2024. Martes.
Estamos celebrando el cumpleaños de la madre de Marta en uno de nuestros restaurantes preferidos, reservado con más un mes de antelación. Entre plato y plato salta la alerta de protección civil —un pitido escandaloso en el móvil—, avisando de que no salgamos de casa. En Valencia hace viento y el cielo está encapotado, pero no llueve, hay una calma chicha inquietante.
De no ser por el hermano de Andreu, puede que nos hubiera pillado en la carretera. Guille nos llamó a mediodía avisándonos de que se venía una gorda y que ni se nos ocurriera coger el coche esa tarde. Nos pareció un poco exagerado, pero por si acaso salimos para Valencia de inmediato, anticipándonos a la tormenta. Estábamos en Torrente, a veinte minutos de Valencia, en el chalet de los padres de Andreu, y allí dejamos nuestra furgo y una montaña de trastos desperdigados.
Allí se quedó todo, y nosotros en Valencia capital tan tranquilos. Hizo un poco de viento pero nada de lluvia. Nada que pudiera hacernos sospechar que estaba teniendo lugar una de las peores catástrofes de la historia de la ciudad.
Nada hasta que llegaron los mensajes. Durante toda la cena estuvimos recibiendo fotos y vídeos de carreteras colapsadas, ríos de lodo por las calles, puentes resquebrajándose... Escenas imposibles de imaginar. A nuestro alrededor varias parejas, todos guiris, degustando su sushi de foie y sus langostas despreocupadamente. Seguramente nunca se imaginaron que Valencia podía ser un destino turístico peligroso.
Entre mensaje y mensaje nos consumía esa angustia tan humana, "¿Estarán los míos bien?". Y aun más humana, "¿Tendremos todavía casa?". Porque en Torrente nos habíamos dejado la furgo, que es lo más parecido a una casa que tenemos ahora. ¿Se la habría llevado el río o una avalancha de coches? ¿Estaría el chalet anegado y todas nuestras pertenencias enfangadas, los portátiles, la batería, la ropa?
Lo mío, lo nuestro. Siempre tiene prioridad en nuestra mente. Por muy empáticos que nos consideremos y por mucho que nos pongamos budistas y nos importe el bienestar de todos los seres, hay algo en la raíz de nuestro ser que nos lleva a considerar primero cómo nos va a afectar a nosotros, nuestro egocentrismo intrínseco. Dormimos mal esa noche. No teníamos manera de saber si los destrozos habían llegado hasta nuestra zona y ya estábamos angustiados pensando en si podíamos permitirnos comprar una furgo nueva para poder seguir con nuestro voluntariado.
Al día siguiente, miércoles 30, seguíamos con la incertidumbre.
Todo el día nos estuvieron escribiendo familia, amigos y hasta conocidos lejanos que se habían enterado de la riada. Amigos de Madrid, Galicia, Escocia e incluso Estados Unidos. Nos sentimos arropados por su cariño y un poco avergonzados porque nos preocupase tanto un vehículo. Las imágenes que no paraban de llegar por redes sociales eran desoladoras. A poco que abrieras el corazón te dabas cuenta de que si solo habías perdido un coche tenías mucho que agradecer.
Las salidas de Valencia estaban cortadas, pero no para los peatones. Calculamos que podíamos llegar hasta Torrente andando un par de horas si dejábamos el coche de la madre de Marta a las afueras de la ciudad. Varios de los puentes que cruzaban de Valencia a Paiporta y a Torrente estaban destruidos, pero todavía había uno en pie y se podía caminar entre las huertas y por las carreteras llenas de coches abandonados.
Nada más cruzar el puente perdimos la cobertura, como si hubiéramos entrado en una zona cero. Hay pocas cosas hoy en día más espeluznantes que quedarnos solos y sin esa magia invisible que nos comunica con el exterior. Pero no estábamos solos. Éramos unos cuantos haciendo aquel camino improvisado. Los más preparados —algún que otro peregrino del Camino de Santiago— llevaban bastones de trekking. La gente caminaba con garrafas de agua, bolsas llenas de ropa y mantas y las zapatillas embarradas.
Las huertas estaban anegadas. Naranjos asomando sobre medio metro de lodo, calabazas aún verdes destrozadas y coles casi sin hojas. Coches abandonados o arrastrados desde Dios sabe dónde con las ruedas llenas de cañas y plásticos enredados. Basura y más basura, suelta o apelotonada o prensada en cubos, como si se hubiera volcado una flota de camiones camino del vertedero. Todo eso que generamos a diario sin pensar a dónde va ni quién se hará cargo de tanto plástico.
Subimos y bajamos terraplenes. Alguien había cortado con cizallas las vallas que separaban las vías del tren, para poder atravesarlas andando. Manos tendidas para ayudarnos a bajar una cuesta resbaladiza. Risas de unos adolescentes que parecían conocerse bien el camino antes del colapso. Labios que preguntan en qué estado estaba la carretera por donde acabamos de pasar.
Pasamos junto a puentes que el agua había derribado y atravesamos uno que parecía seguro. Lo estaban cruzando los coches de la guardia civil, así que nos arriesgamos nosotros también. Las vistas a uno y otro lado eran increíbles, en el sentido más literal de la palabra. No se podía creer cómo habían acabado tantos coches en posición vertical, montados los unos sobre los otros. Sus ocupantes, ¿habrían huido a tiempo o serían un número más en el recuento de víctimas?
Proseguimos nuestro camino en silencio. De vez en cuando tomábamos alguna foto, aunque no hay documento gráfico que esté a la altura de lo que estábamos viviendo.
El camino no era peligroso, pero sí había que estar atento. Todo estaba cubierto de barro y puede que el agua se hubiera llevado la tapa de alguna alcantarilla, por lo que lo más seguro era seguir las huellas de quien había pasado antes. A veces la mejor opción era subirse a una valla caída o al capó de un coche. Al principio intentábamos que las zapatillas no se mancharan demasiado, pero cuando llegamos a las calles adyacentes al barranco desistimos. La gente que venía en dirección contraria tenía barro hasta por encima de las rodillas.
Algunos empujaban carritos llenos de víveres. Venían de un Mercadona cercano. Gente corriente, como tú y como yo, convertidos en saqueadores. Carritos con torres de papel higiénico (¿qué le pasa a la gente en el apocalipsis que se preocupa tanto por limpiarse el culo?), pañales de bebé, garrafas de aceite y patas de jamón. Sí, patas de jamón.
Cruzaban sin miedo delante de un coche de la guardia civil. Uno de los agentes interpeló a un chaval que llevaba un jamón al hombro, "Oye, ¿y eso?". El chico levantó los hombros y dijo, "Es que lo está haciendo todo el mundo", y siguió caminando. La guardia civil lo dejó pasar, tenía mejores cosas que hacer. Además, aunque seguro que había algún que otro oportunista, muchas de esas personas habían perdido mucho más que lo que se estaban llevando. Que se consuelen con un cinco jotas y Dodotis para los próximos seis meses.
Pasamos junto a las casas que daban al barranco desbordado. En la cara norte algunas se habían derrumbado por completo y de otras solo quedaban un par de muros. Una chica joven que pasaba por nuestro lado le comentó a otra, "La casa de la Amparo ya no está". Así, tan sucintamente, se narra toda una catástrofe.
Garajes inundados y gente saliendo con cubos y cubos de lodo. Unos hombres empujan una lámina de metal gigante que hace las veces de recogedor, echando la basura y el lodo hacia el río. Coches empotrados contra farolas. Un grupo de chavales desvalijando una gasolinera en una escena que otros que han visto The Walking Dead compararían con alguna de la serie.
Nos sorprende que apenas hay árboles tumbados ni ramas rotas. Lo cierto es que no ha habido mucho viento, y aunque ha llovido fuerte, no lo ha hecho durante mucho tiempo. En realidad, el destrozo lo ha causado la escorrentía: la corriente de agua que ha ido bajando desde las montañas hasta la desembocadura del río en Valencia.
Cuña permacultural. Quizá muchos de los que nos leáis no sabéis esto, y cuantos más lo sepamos, más pronto le pondremos solución y evitaremos que se repita. Los campos a los que estamos tan acostumbrados, con sus árboles en monocultivo y la tierra arada, “limpia” de “malas hierbas”, son la causa de estos desastres. Cuando el suelo está desnudo y no hay plantas cuyas raíces puedan dirigir el agua de lluvia hacia las profundidades, el agua se escurre y se lleva las capas superficiales de tierra, generando este barrizal terrible. Donde hay bosque (o policultivos que cubren el suelo de vegetación), no hay escorrentía. La lluvia cae y se infiltra hacia los acuíferos. Necesitamos abandonar estas prácticas agrícolas tan dañinas y empezar a cultivar como hace la naturaleza, como proponen la permacultura y la agricultura sintrópica (si quieres saber más, puedes leer Antes todo esto era bosque).
Llegamos a Torrente. Un par de calles más arriba el lodo desapareció. Quedaban solo algunas rodadas de coches que habían escapado a tiempo. Un bar abierto y gente tomándose unas cañas. Tráfico moderado. Seguíamos sin tener apenas cobertura, pero parecía un día cualquiera en una ciudad mediana del área metropolitana de la capital de provincia.
Caminamos aún media hora hasta la calle del chalet de los padres de Andreu. Aceleramos el paso, pero ya sospechábamos que nos habíamos angustiado innecesariamente. A lo lejos divisamos la baca de la furgo. Seguía en su sitio. Llegamos junto a ella. Estaba toda entera. Cuánto padecimiento por algo tan nimio. Incluso nos hicimos una foto de mal gusto, sonrientes y con el pulgar levantado, "todo OK", considerando que se habían contabilizado más de 90 muertos en ese momento.
A lo largo de estos días no hemos dejado de escuchar historias. Un amigo nos contó que amigos suyos habían escapado de morir ahogados por minutos. El agua empezó a entrarles en el coche, abrieron la puerta y echaron a correr. Otro amigo suyo llevaba veinticuatro horas sin saber de su mujer; la última vez que supo de ella estaba en la oficina en Catarroja. Un vecino de una amiga de la madre de Marta se bajó a por el coche al garaje y no volvió. El río entró detrás de él. Un conocido de unas conocidas se había subido a un árbol mientras crecían las aguas, pero se le habían escapado los niños, que se los llevó la riada. Tres y cinco años.
Entramos en el chalet, que no había sufrido ni una gotera. Todo estaba intacto. Sentimos agradecimiento en la misma medida que vergüenza.
Al día siguiente, jueves 31, resolvemos que tenemos que hacer algo con nuestra buena suerte. Se están coordinando equipos de voluntarios, hay habilitados bancos de alimentos y de donación de sangre, y si todo eso es mucho trajín, hasta podemos con un clic enviar dinero a la Cruz Roja o a una asociación de animales. (Si queréis colaborar, este artículo del Levante-EMV está actualizado con maneras de hacerlo).
Al final no hacemos nada demasiado heroico. A un amigo del hermano de Andreu le entró medio metro de agua en casa y necesitaba agua, comida y manos para limpiar el desastre. Nos pasamos la mañana cada uno fregando en una habitación. En la calle justo debajo de la ventana de la cocina un señor barría el lodo hacia la alcantarilla, todo el rato, horas y horas. Al salir nosotros seguía a lo suyo. Ni nosotros ni él parecía que habíamos hecho mucho después de tanto rato, pero es que la catástrofe es demasiado grande como para que una sola persona la resuelva.
Por suerte somos muchos. A la vuelta nos cruzamos con cientos de personas cargando cubos, fregonas, palas, escobas. Mochilas, bolsas y carros llenos de botellas de agua y comida.
Voluntarios que venían a relevar a los que nos íbamos. Y al día siguiente nosotros los relevaríamos a ellos. Aunque la catástrofe había sido enorme, los ánimos estaban altos. Al contrario de lo que las pelis de Hollywood nos intentan vender, los seres humanos sacamos nuestra mejor versión durante las crisis. El ser humano puede que sea egocéntrico, pero también es solidario, generoso, heroico. Lo que hemos visto en cientos de escenas desoladoras nos lo ha confirmado una y otra vez.
31 de octubre, Samhain, Halloween, Noche de Muertos. Una noche para honrar a los que se fueron hace mucho y especialmente a los que se han ido hace apenas unos días. Y para agradecer por los que todavía estamos y por la suerte de poder angustiarnos por una furgoneta.
Gracias por leernos.
Marta y Andreu






Su sinceridad se agradece y la preocupación por la furgoneta los hace ser humanos. Gracias por compartir, hay muchas imágenes pero su relato es conmovedor. Me alegra mucho que estén bien 💫✨ Mucha fuerza a todo el pueblo valenciano!!
Es una cosa muy curiosa esta de internet porque parece que todo el mundo está en planos paralelos imaginados y, de repente, te enteras de que conoces a unos chicos que están en Valencia a través de una Note de Substack. Me alegro mucho de que, estando allí, no os haya pillado y que todas vuestras cosas estén en su sitio. Puede parecer frívolo el preocuparos por la furgo, pero el ser humano es pequeñito, no queda otra que preocuparse por lo nuestro. Y muchas gracias por el trabajo, puede parecer poco las labores de limpieza, pero sabiendo que sois tantísimos estoy segura de que los resultados se notarán muy pronto.