Dejemos de normalizar
Cómo dejamos de aceptar digestiones infernales y fiestas que no disfrutábamos
El ser humano es increíblemente adaptable. Puede normalizar casi cualquier cosa, y eso es a partes iguales una bendición y una maldición.
¿Qué pasa cuando normalizamos algo que no es sano, que no nos nutre y que ni siquiera, en el fondo, nos gusta? ¿Bajo qué circunstancias se rompe el embrujo de “Es lo normal”, “Yo soy así” o “Es lo que hace todo el mundo”?
Nos lo preguntábamos estas Fallas, mientras veíamos la ciudad arder.
Las Fallas no empiezan oficialmente con la mascletá del último finde de febrero sino con los primeros buñuelos con chocolate que te comes. Los nuestros los hizo Andreu en casa, sin azúcar, sin aceite y sin gluten. Salieron un poco chiclosos, pero Marta se los comió. Hay pocas cosas que no se coma Marta. Los siguientes los merendamos en casa de los padres de Andreu. Ahí sí, fritos y bien de azúcar. No podíamos parar, teníamos chocolate por toda la cara. Descubrimos a los treinta y pico lo que es un subidón de azúcar de esos que solo tienen ya los niños. Estuvimos hasta las dos de la mañana limpiando la casa (Marta) y haciendo galletas y un bizcocho (Andreu).
La familia de Andreu no notó nada en especial después del atracón. Durmieron como angelitos. ¿Por qué?, nos preguntamos. Ah, claro. Es que nosotros hemos llevado durante cuatro meses una dieta casi monacal. Azúcar, solo el naturalmente presente. Nada de frituras. Nada de picoteo entre horas. Nada de alcohol ni café. Chocolate solo un trocito minúsculo después de la comida, que casi nos frustraba más que no comerlo.
No estábamos cumpliendo una penitencia, aunque a veces se sentía así. Es que este otoño habíamos llegado a nuestro límite. “Ya basta”, dijo el cuerpo. La hinchazón de Marta a veces podía pasar por un embarazo, y Andreu estaba harto de tener acidez después de cada comida. Cuando volvimos de Ibiza este octubre fuimos directos a la acupuntora. Nos pinchó desde la coronilla hasta las plantas de los pies (curiosidad: duele bastante más en los pies) y nos recetó hierbas chinas, ejercicios de chikung y una dieta macrobiótica. A Marta le confirmó un SIBO (sobrecrecimiento bacteriano) que llevaba tiempo sospechando y a Andreu sequedad interna, lo que a efectos prácticos significaba que teníamos que llevar dietas diametralmente opuestas. Para Marta, mijo y calabaza bien secos para desayunar y Andreu un porridge pastoso preparado el día de antes (una de las pocas cosas que Marta no se comería ni a punta de pistola).
Meses después, nos encontramos muchísimo mejor. De hecho, no recordamos la última vez que nos sentíamos tan bien. Habíamos normalizado hasta tal punto la incomodidad y el dolor que habíamos olvidado que podía ser diferente. Suponemos que porque el desajuste digestivo se había dado de forma tan paulatina que no nos dimos cuenta de que estábamos mal hasta que se hizo insoportable.
Ya no comemos de forma tan estricta y nos permitimos abusar de vez en cuando. Pero, claro, cuando abusamos lo notamos enseguida. Unos buñuelos para merendar nos tienen en pie hasta la madrugada. Una cerveza nos emborracha. Una comida pesada y nuestro cuerpo nos pide ayunar hasta el día siguiente.
—Yo siempre he estado hinchada —nos comentaba una amiga—. De toda la vida. Siempre que como, me hincho.
Le estábamos contando nuestra ordalía con la dieta, el SIBO y la acidez. “De toda la vida”. No nos sorprendió su comentario porque nosotros también lo habíamos vivido. Quizá no toda la vida, pero sí por un tiempo suficiente como para haber normalizado sentirnos mal.
Hasta que algo hizo clic. En realidad, podríamos haber seguido hinchados y ácidos durante mucho más tiempo, pero algo nos dijo “A lo mejor no tiene por qué ser así”. El cuerpo nos está enviando señales todo el tiempo. Al principio sutiles y luego más potentes, estruendosas. Tiene que hacerse oír por encima de todas esas otras cosas que ocupan nuestra atención y sobre todo de las creencias que tenemos: “Yo soy así”, “A todo el mundo le pasa”, “Esto es lo normal”.
¿Qué es lo que hace falta para que nos demos cuenta de que algo no está bien? Para muchas personas tiene que llegar al punto de enfermedad. Para otras basta con ver que otros han pasado por lo mismo y lo han dejado atrás. A veces es una cuestión de contraste: de haber salido de “lo normal” y saber que existe otra cosa.
Ese contraste lo vimos claro estas Fallas.
Habíamos decidido quedarnos en Valencia por Fallas por una cuestión de nostalgia más que por haberlo pensado bien. Recordábamos algunas buenas Fallas. Noches de verbena cantando a Chayanne, petardos en rendijas inapropiadas y pestilentes, gente con la que intercambias el número y luego, por suerte, no te vuelves a ver.
Estas Fallas nos sumamos al río de gente que tomaba la avenida volviendo de la mascletá, vagaba entre las callejuelas en busca de un altavoz decente, se apelotonaba en la puerta de la tienda 24h para comprar una lata de cerveza a 2,50. Éramos una hormiguita más que busca la fiesta como quien busca el cofre al final del arcoíris.
Algunos parecían pasárselo bien. Eran los primeros tras las vallas de la discomóvil y cantaban a grito pelao. Otros, la mayoría, serpenteaban entre la marea humana para llegar hasta la barra a rellenarse el vaso de plástico de ron cola, esquivando a la corriente que venía en sentido opuesto en busca de los lavabos. Algunos héroes que salían del recinto se decían a sí mismos “Hemos cumplido”. Otros permanecían allí plantados una o dos horas más para no ser los primeros en irse y que les dijeran “Con lo que tú fuiste, Manolo”.
Puede que sea la edad, que te vuelve más selectivo (has vivido fiestas mejores), o la falta de alcohol (las mejores Fallas que recordamos, no las recordamos mucho), pero lo que hemos normalizado como salir de fiesta, la verdad, no nos convence ya.
Ah, no, espera. Las mejores Fallas que recordamos no eran esas en que acabamos en la orquesta de La Pato bailando “No rompas más mi pobre corazón”. Las mejores fueron en la terraza comunitaria que habíamos okupado con nuestras plantitas, tumbona y gatos. Andreu estaba haciendo sus pinitos como dj. Invitamos a todos los amigos, y estos a sus amigos. Había sillas para sentarse (aunque no suficientes) y algo de beber (aunque nadie se emborrachó). El número de gente era perfecto para entablar conversación con desconocidos sin que fuera raro.
Y hubo fuegos artificiales, cómo no, ¡eran Fallas!
Hemos normalizado que la fiesta sea estar apretujados, rodeados de extraños, a unas horas en las que el cuerpo necesita un buen cóctel químico para funcionar, y que debe extenderse hasta bien entrada la madrugada para que cuente.
Las Fallas son una de las mayores fiestas de España, pero nos preguntamos algo: ¿cuánta gente las disfruta de verdad y cuánta simplemente no conoce otra cosa y bebe y bebe para ponerse a tono?
(Ojo, conocemos algún verbenero de pura cepa y no negamos que algunas personas se lo pasen genial, todo sea dicho).
Hemos naturalizado tanto el alcohol como sociedad que ya ni nos planteamos qué pasaría en su ausencia. Si en la circunstancia en la que estamos necesitamos beber o tomar otras drogas en grandes cantidades, ¿es realmente algo que nos gusta hacer, una situación en la que nos sentimos cómodos? Si quitamos la droga (legal o no), ¿repetiríamos la experiencia?
A veces, sinceramente, te decimos que no. Hemos dejado de ir a algunas fiestas precisamente por eso. En otros casos hemos visto que, en las circunstancias apropiadas, no echamos de menos ni la cerveza. Las pizza night en la ecoaldea Sunseed, el festival de la primavera en Traditional Dream Factory, la ecstatic dance del Ecovillage Gathering en Hungría, fueguito y psytrance en Ibiza, la terraza okupa en Fallas, que recordamos con tanto cariño... Un mix de amigos, conocidos y gente por conocer y con la que no es raro ponerte a hablar. Un ratito de música de dos o tres horas y a dormir. Bailar juntos pero no apretados. Sillas para sentarse (lujo). Comida (otro lujo).
“Es lo normal”, “Es lo que hace todo el mundo”, “Siempre ha sido así”. Nos hemos adaptado a que las fiestas sean así, igual que hemos normalizado trabajar cuarenta horas en algo que no nos llena espiritualmente para poder llenar físicamente la nevera. Igual que hemos normalizado vivir sobre asfalto, aislados y con la única compañía (si eso) de nuestra pareja. Igual que nosotros habíamos normalizado digestiones infernales con ardor e hinchazón.
Cuando has vivido la alternativa, lo que se siente bien y lo que disfrutas, ya no puedes volver atrás. Te preguntas cómo pudiste hacer eso otro “toda la vida”.
Pero el ser humano es muy adaptable. Si no sabemos que hay otra cosa, nos acostumbramos a vivir así. Suponemos que el reto para cada uno de nosotros es atrevernos a imaginar algo diferente.
Lo peligroso de lo “normal” no es que sea común, es que deja de cuestionarse. Es que apaga nuestra imaginación. Imaginar, nos recuerda tuhuella, es un acto revolucionario.
¿Y tú, hay algo que antes considerabas “normal” y que ahora es diferente para ti? ¿Hay algo que todavía te cueste imaginar que pueda ser distinto? Te leemos en comentarios.
Gracias por leernos,
Andreu y Marta
PD: Desde que comentamos con otras personas nuestro proceso con el SIBO y la acidez, más y más amigos y familia nos dicen que ellos también tienen esos síntomas, pero que no les habían dado importancia hasta ahora. Compartir las dificultades, las inquietudes, las cosas por las que pasamos, aunque no tengamos la respuesta perfecta, abre la posibilidad para que los demás también se planteen si lo suyo es “normal”. Incluso si lo “normal” (habitual, común) es realmente deseable.




Me encantó! Y cuanta razón. Las fallas es como la máxima expresión de a lo que puede llegar un ser humano sin nada que cuestionarse. Todo muy normal. "Es que las fallas siempre han sido así".
Muchas gracias!
Bufff... Para empezar me gustaría definir "Qué es lo normal"... Una buena pregunta de una buena amiga de María Eugenia que desgraciadamente se fue de este plano hace unos años... Pues para mí es Respeto, Empatía, Perdón, Amor, Consciencia... Antes para mí lo normal era no saber qué era eso... Ahora, gracias a Dios, eso ha cambiado... Y respondiendo a vuestra segunda pregunta ojalá este cambio se produzca en todo la Humanidad... Poc a Poc... Gracias chic@s por compartir y ayudarme a reflexionar... Os quiero...